MARSUPIALIZACIÓN GLÁNDULA DE BARTHOLINO

Anatomía y función

Las glándulas de Bartholino, o glándulas vestibulares mayores, son estructuras secretoras situadas en el espesor de los labios mayores, en su porción posteroinferior. Su función principal es producir moco con efecto lubricante sobre el vestíbulo vulvar. Cada glándula mide aproximadamente 0,5 cm y drena a través de un conducto de unos 2,5 cm hacia el vestíbulo, clásicamente en las posiciones de las 4 y 8 horas. Este detalle anatómico es relevante porque explica la localización típica de los quistes y abscesos, así como la orientación de la incisión quirúrgica.

Formas clínicas

La obstrucción del conducto excretor origina un quiste de Bartholino, generalmente por acumulación de moco. Muchos quistes son asintomáticos y pueden detectarse de forma incidental, aunque los de mayor tamaño producen sensación de masa, molestias al caminar, al sentarse o durante las relaciones sexuales.

La bartholinitis no abscesificada corresponde a una inflamación o infección glandular sin colección purulenta claramente constituida. En estos casos puede existir tumefacción dolorosa e indurada, sin fluctuación evidente. Desde el punto de vista clínico, esta distinción no siempre es sencilla, ya que algunos abscesos pequeños pueden pasar desapercibidos en la exploración inicial.

El absceso de Bartholino representa la forma más sintomática y frecuente de presentación aguda. Suele manifestarse como una masa dolorosa, caliente y fluctuante en el tercio inferior del labio mayor o en el vestíbulo inferior. El dolor es a menudo intenso y desproporcionado, hasta el punto de dificultar la sedestación y la deambulación. La fiebre no es constante, por lo que su ausencia no excluye infección significativa.

Etiología y microbiología

La infección de la glándula de Bartholino suele ser polimicrobiana. Entre los microorganismos aislados con mayor frecuencia se encuentran Escherichia coli y Staphylococcus aureus, incluyendo cepas resistentes a meticilina en determinados contextos epidemiológicos. También deben considerarse patógenos de transmisión sexual como Neisseria gonorrhoeae y Chlamydia trachomatis, especialmente en pacientes con riesgo de ITS.

Por ello, en presencia de material purulento es razonable obtener cultivo, y en pacientes seleccionadas solicitar pruebas moleculares para gonococo y clamidia. Este enfoque no solo orienta el tratamiento antibiótico cuando es necesario, sino que permite identificar infecciones asociadas con implicaciones clínicas y epidemiológicas más amplias.

Diagnóstico y valoración

El diagnóstico es fundamentalmente clínico. La exploración suele mostrar una tumoración unilateral dolorosa, blanda o fluctuante, con eritema local y, en ocasiones, edema o celulitis adyacente. El dato más orientador es el dolor vulvar agudo con limitación funcional. Debe valorarse el tamaño de la lesión, la presencia de drenaje espontáneo, signos de extensión local y antecedentes de episodios previos.

En mujeres de mayor edad, especialmente tras la menopausia, una masa de nueva aparición en la región de Bartholino exige una valoración más cuidadosa para descartar patología neoplásica. Aunque infrecuente, este punto tiene relevancia práctica porque no toda tumefacción vulvar en esta localización debe asumirse como un proceso benigno recurrente.

Tratamiento y papel de la marsupialización

El tratamiento depende de la forma clínica, la intensidad de los síntomas y la recurrencia. Los quistes pequeños y asintomáticos pueden observarse. En cambio, el absceso o los quistes sintomáticos suelen requerir drenaje. Entre las opciones disponibles se incluyen la incisión y drenaje, el drenaje con catéter de Word, la marsupialización y, en casos seleccionados, la exéresis glandular.

La marsupialización de la glándula de Bartholino ocupa un lugar importante cuando se busca crear un orificio de drenaje permanente y reducir el riesgo de cierre precoz del trayecto. Consiste en abrir ampliamente el quiste o absceso, evertir su pared y suturarla a la piel o mucosa vecina. Su lógica quirúrgica es sencilla: transformar una cavidad cerrada y propensa a recidivar en una abertura estable que permita el drenaje continuo y la reepitelización.

Ninguna técnica ha demostrado una superioridad absoluta en la prevención de recurrencias, que siguen siendo relativamente frecuentes. Sin embargo, la marsupialización suele considerarse una opción eficaz en lesiones recidivantes o cuando se desea una solución más definitiva que la simple incisión.

Técnica quirúrgica

De forma general, la técnica se realiza tras antisepsia y anestesia local o regional, según el contexto clínico. Se practica una incisión de aproximadamente 1,5 a 2 cm sobre la cara mucosa de la lesión, en una zona que facilite el drenaje y minimice la cicatriz visible. Tras evacuar el contenido y romper posibles tabiques internos, se identifican los bordes de la cápsula o pared quística.

El paso clave es la eversión de la cápsula y su fijación mediante puntos sueltos a la mucosa o piel adyacente. Esta maniobra evita el denominado cierre en falso, responsable de muchas recurrencias tras drenajes simples. La cavidad debe quedar abierta, permeable y con hemostasia adecuada. En presencia de absceso, el lavado y la toma de muestra microbiológica pueden aportar valor clínico, especialmente si hay mala evolución, inmunosupresión o sospecha de patógenos específicos.

La antibioterapia no sustituye al drenaje cuando existe colección purulenta. Su indicación suele reservarse para casos con celulitis extensa, fiebre, inmunodepresión, embarazo en situaciones seleccionadas o sospecha de ITS concomitante.

Complicaciones y seguimiento

Las complicaciones inmediatas de la marsupialización incluyen sangrado, dolor posoperatorio, infección persistente, hematoma y cierre prematuro del nuevo orificio. A medio plazo puede aparecer recidiva, aunque el objetivo de la técnica es precisamente disminuirla frente al drenaje simple. El seguimiento debe confirmar la adecuada cicatrización, el control del dolor y la ausencia de nueva colección.

La exéresis de la glándula queda reservada para recurrencias repetidas, fracaso de técnicas conservadoras o sospecha diagnóstica que obligue a estudio histológico. Es una cirugía más agresiva y con mayor riesgo de sangrado, celulitis, dispareunia y alteración anatómica vulvar, por lo que no debe considerarse la primera opción en la mayoría de los cuadros agudos.

En conjunto, la marsupialización es una técnica quirúrgica útil, reproducible y con fundamento anatómico claro. Su correcta indicación exige diferenciar quiste, bartholinitis y absceso, valorar el contexto infeccioso y elegir una estrategia que combine alivio sintomático, drenaje eficaz y reducción razonable de la recurrencia.

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