Qué es la sífilis

La sífilis es una infección de transmisión sexual causada por la bacteria Treponema pallidum. Aunque dispone de tratamiento eficaz desde hace décadas, sigue siendo un problema relevante de salud pública por su capacidad para pasar inadvertida, progresar durante años y producir complicaciones neurológicas, cardiovasculares y obstétricas si no se diagnostica a tiempo.

Desde el punto de vista clínico, su importancia radica en que puede imitar muchas otras enfermedades. Además, la ausencia de síntomas no excluye infección activa, lo que favorece la transmisión y retrasa el tratamiento. En mujeres, este aspecto es especialmente importante por el impacto potencial sobre la salud sexual y reproductiva, así como por el riesgo de transmisión vertical durante el embarazo.

Transmisión y factores de riesgo

La transmisión ocurre principalmente por contacto sexual vaginal, anal u oral con lesiones infecciosas, incluso cuando estas pasan desapercibidas. El contagio no depende de la eyaculación, sino del contacto directo con mucosas o piel lesionada. También puede producirse de madre a hijo durante la gestación y, con menor frecuencia, en el parto, dando lugar a sífilis congénita.

El riesgo aumenta con las relaciones sin preservativo, la presencia de múltiples parejas sexuales, los antecedentes de otras infecciones de transmisión sexual y la falta de cribado en personas sexualmente activas. Además, la sífilis y el VIH mantienen una relación bidireccional: las lesiones sifilíticas facilitan la adquisición y transmisión del VIH, y la coinfección puede modificar la evolución clínica.

Manifestaciones clínicas por fases

La evolución clásica se divide en varias etapas. En la sífilis primaria aparece un chancro, una úlcera habitualmente indolora en genitales, ano, recto o boca, acompañada a veces de adenopatías regionales. Su carácter poco doloroso y su resolución espontánea pueden generar una falsa sensación de curación.

La sífilis secundaria refleja la diseminación sistémica de la bacteria. Puede manifestarse con exantema, incluidas lesiones en palmas y plantas, fiebre, malestar general, odinofagia, alopecia en parches, condilomas planos y adenopatías generalizadas. Esta fase es muy contagiosa y, por su variedad de síntomas, exige un alto índice de sospecha clínica.

En la fase latente no hay signos visibles, pero la infección persiste. Se distingue entre latente precoz y tardía porque esta clasificación condiciona el tratamiento y la interpretación epidemiológica. La ausencia de síntomas no implica ausencia de riesgo, especialmente en gestantes.

La sífilis terciaria, hoy menos frecuente en contextos con acceso a diagnóstico, puede aparecer años después y afectar al sistema cardiovascular, al sistema nervioso central y a otros órganos. La neurosífilis y la afectación ocular pueden presentarse también en fases más tempranas, por lo que síntomas como cefalea persistente, alteraciones visuales, hipoacusia o déficits neurológicos requieren valoración urgente.

Diagnóstico

El diagnóstico se basa en la combinación de sospecha clínica, antecedentes sexuales y pruebas de laboratorio. Habitualmente se emplean análisis de sangre con pruebas no treponémicas y treponémicas, cuya interpretación conjunta permite confirmar la infección, orientar la actividad de la enfermedad y monitorizar la respuesta al tratamiento.

En lesiones activas, cuando es posible, pueden obtenerse muestras directas de la úlcera o de lesiones cutáneas para técnicas específicas. Es importante recordar que una serología puede ser negativa en fases muy precoces, por lo que ante alta sospecha clínica puede ser necesario repetir el estudio. El diagnóstico debe completarse con cribado de otras ITS, incluido VIH, hepatitis B y hepatitis C según el contexto clínico.

Tratamiento y seguimiento

El tratamiento de elección es la penicilina, cuya pauta depende de la fase clínica y del tiempo de evolución. La sífilis precoz suele curarse con esquemas sencillos, mientras que las formas tardías, la neurosífilis o la afectación ocular requieren abordajes más prolongados y específicos. Tratar de forma temprana evita secuelas, pero no revierte siempre el daño orgánico ya establecido.

Tras iniciar antibióticos puede aparecer la reacción de Jarisch-Herxheimer, un cuadro transitorio con fiebre y empeoramiento clínico inicial debido a la destrucción bacteriana, que debe diferenciarse de una alergia al fármaco. El seguimiento serológico es esencial para confirmar la respuesta terapéutica, detectar fallos de tratamiento o identificar reinfecciones. También es imprescindible el estudio y tratamiento de las parejas sexuales para cortar la cadena de transmisión.

Complicaciones y embarazo

Sin tratamiento, la sífilis puede producir daño irreversible en múltiples órganos. Entre las complicaciones más relevantes se incluyen la neurosífilis, la afectación cardiovascular, las alteraciones oculares y auditivas y el deterioro funcional progresivo. Más allá del daño individual, su presencia indica con frecuencia fallos en el acceso al diagnóstico precoz y en las estrategias de prevención.

Durante el embarazo, la infección tiene especial trascendencia porque puede atravesar la placenta y causar aborto, muerte fetal, parto prematuro, bajo peso al nacer o infección neonatal grave. La sífilis congénita es prevenible si se realiza cribado prenatal y tratamiento adecuado en tiempo oportuno. Por ello, cualquier gestante con riesgo o con serología positiva debe ser evaluada sin demora, y el control no debe limitarse al diagnóstico inicial, sino incluir seguimiento y tratamiento de la pareja.

Prevención y reinfección

La prevención se basa en el uso correcto y constante del preservativo, aunque conviene subrayar que no elimina por completo el riesgo si existen lesiones fuera del área cubierta. La educación sexual, el cribado periódico en personas con prácticas de riesgo y la consulta precoz ante úlceras, exantemas o exposición conocida son medidas fundamentales.

Haber padecido sífilis no confiere inmunidad. Por tanto, una persona correctamente tratada puede volver a infectarse si mantiene contacto con una pareja infectada. Este hecho obliga a insistir en el seguimiento clínico, la notificación a contactos y la repetición de pruebas cuando persiste el riesgo. En la práctica clínica, prevenir la reinfección es tan importante como tratar el episodio actual.

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