TORSIÓN OVÁRICA

Definición y relevancia clínica

La torsión ovárica consiste en la rotación parcial o completa del ovario sobre sus pedículos de sostén, fundamentalmente el ligamento infundibulopélvico y el ligamento útero-ovárico, con compromiso progresivo del drenaje venoso, del flujo arterial y, en ocasiones, de la trompa de Falopio. Cuando ambas estructuras están implicadas, el término más preciso es torsión anexial.

Se trata de una urgencia ginecológica cuyo reconocimiento precoz condiciona el pronóstico funcional. El retraso diagnóstico puede traducirse en isquemia prolongada, necrosis y pérdida del anexo, pero también en un aumento del dolor, de la complejidad quirúrgica y del riesgo de ooforectomía evitable. Su importancia clínica radica en que puede presentarse a cualquier edad y con síntomas poco específicos, lo que obliga a mantener un alto índice de sospecha.

Fisiopatología y evolución

El mecanismo inicial suele ser la torsión del pedículo vascular, que compromete primero el retorno venoso y linfático. Esto favorece congestión, edema y aumento del tamaño ovárico, lo que a su vez perpetúa la torsión. Si el proceso progresa, aparece disminución del aporte arterial, isquemia y daño tisular.

Desde el punto de vista clínico, esta secuencia explica por qué un ovario puede conservar viabilidad pese a un aspecto macroscópico muy alterado. La coloración azulada o negruzca no implica necesariamente necrosis irreversible. Por ello, la valoración intraoperatoria debe ser prudente y orientada a la preservación siempre que sea razonable. La historia natural no tratada puede culminar en necrosis ovárica, pérdida de función endocrina y reproductiva, y ocasionalmente peritonismo o respuesta inflamatoria sistémica.

Epidemiología y factores de riesgo

Aunque la incidencia exacta no está perfectamente establecida, la torsión anexial figura entre las emergencias quirúrgicas más frecuentes en ginecología. Puede aparecer en niñas, mujeres en edad fértil y, con menor frecuencia, en pacientes posmenopáusicas.

El principal factor predisponente es la presencia de una masa ovárica, especialmente quistes funcionales, cuerpos lúteos o tumores benignos. El riesgo aumenta de forma significativa cuando la lesión mide 5 cm o más, ya que el incremento de volumen favorece la movilidad del ovario. En cambio, masas más adheridas a la pelvis, como algunos endometriomas, abscesos tuboováricos o neoplasias infiltrativas, pueden presentar menor tendencia a torsionarse por su menor movilidad.

Conviene subrayar que la ausencia de una masa grande no excluye el diagnóstico. También puede existir torsión en ovarios aparentemente normales, sobre todo en población pediátrica o en contextos anatómicos predisponentes. En la mujer posmenopáusica, aunque es menos habitual, la posibilidad de patología tumoral obliga a una valoración más cautelosa.

Presentación clínica

La forma de presentación más característica es un dolor pélvico agudo, habitualmente unilateral, de intensidad moderada o intensa y de inicio brusco. Puede irradiarse a flanco, espalda o ingle, o presentarse de manera más difusa, lo que dificulta su diferenciación respecto a otras causas de abdomen agudo.

Las náuseas y vómitos son muy frecuentes y, cuando acompañan al dolor súbito en una paciente con masa anexial conocida o sospechada, aumentan la probabilidad clínica de torsión. La fiebre no es un hallazgo constante; si aparece, sobre todo junto con leucocitosis, debe hacer pensar en evolución avanzada, necrosis o diagnósticos alternativos infecciosos.

La exploración física puede mostrar dolor a la palpación en fosa iliaca o pelvis, con o sin signos de irritación peritoneal. Sin embargo, ni la intensidad del dolor ni la exploración permiten estimar con fiabilidad la viabilidad del ovario. Esta discordancia entre clínica y daño anatómico es una de las razones por las que el diagnóstico continúa siendo un reto.

Evaluación diagnóstica

El diagnóstico de sospecha se apoya en la combinación de anamnesis, exploración, pruebas de laboratorio e imagen, pero el diagnóstico definitivo se establece mediante visualización directa durante la cirugía. En la práctica, esto significa que ninguna prueba complementaria aislada debe utilizarse para descartar de forma absoluta una torsión si la sospecha clínica es alta.

Las alteraciones analíticas son inespecíficas y con frecuencia están ausentes. Puede observarse leucocitosis y, en casos más evolucionados, elevación de LDH, aunque estos hallazgos no son diagnósticos. En toda paciente en edad fértil es obligada la determinación de beta-hCG, no para confirmar torsión, sino para excluir embarazo ectópico y orientar el abordaje.

La ecografía ginecológica, idealmente transvaginal cuando sea factible, suele ser la técnica inicial. Los hallazgos pueden incluir aumento del tamaño ovárico, edema estromal, folículos periféricos y masa anexial asociada. El Doppler puede aportar información, pero un flujo conservado no excluye torsión, ya que puede persistir perfusión arterial parcial o existir torsión intermitente. Este es un punto crítico: la interpretación de la imagen debe integrarse siempre con la clínica y no retrasar una indicación quirúrgica necesaria.

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico diferencial incluye múltiples causas de dolor pélvico agudo. El embarazo ectópico es prioritario por su gravedad potencial, y la beta-hCG resulta esencial en su exclusión inicial. La rotura de quiste ovárico puede producir dolor súbito, a menudo relacionado con la mitad del ciclo, aunque la superposición clínica es frecuente.

El absceso tuboovárico suele presentar una evolución más subaguda, con fiebre y mayor contexto infeccioso. La apendicitis aguda puede simular una torsión derecha; la secuencia típica de anorexia, náuseas previas al dolor y migración desde región periumbilical al cuadrante inferior derecho puede orientar, pero no siempre está presente. También deben considerarse endometriosis complicada, cólico ureteral, enfermedad inflamatoria pélvica y otras causas quirúrgicas abdominales.

Desde una perspectiva práctica, el error más frecuente no es confundirla con una sola entidad concreta, sino infravalorarla ante síntomas inespecíficos. Por ello, en mujeres con dolor pélvico agudo y masa anexial, la torsión debe permanecer entre los primeros diagnósticos a descartar.

Tratamiento quirúrgico

El tratamiento es quirúrgico y no debe demorarse cuando la sospecha es elevada. El objetivo de la intervención es confirmar la torsión, deshacerla y valorar la viabilidad del anexo. En la mayoría de los casos, el abordaje laparoscópico es la opción preferente por su menor morbilidad y su capacidad diagnóstica y terapéutica.

La destorsión debe considerarse la estrategia de elección siempre que sea técnicamente posible. La evidencia clínica apoya una actitud conservadora, ya que muchos ovarios con aspecto inicialmente comprometido recuperan función tras restablecer el flujo. Este enfoque es especialmente relevante en niñas y mujeres en edad fértil, donde la preservación ovárica tiene implicaciones reproductivas y endocrinas.

La anexectomía puede estar indicada en situaciones seleccionadas: sospecha fundada de malignidad, anexo claramente no viable con desestructuración extrema o contexto posmenopáusico en el que el balance riesgo-beneficio favorezca la resección. Aun así, la decisión no debe basarse solo en la coloración macroscópica, sino en una valoración global de la paciente, del aspecto quirúrgico y del riesgo oncológico.

Cuando existe una masa asociada, el tratamiento puede completarse con quistectomía o manejo diferido según estabilidad, edad y hallazgos intraoperatorios. La prioridad inicial sigue siendo resolver la torsión y preservar tejido funcional siempre que sea seguro.

Puntos clave para la práctica clínica

La torsión ovárica exige pensar en ella antes de confirmarla. Su presentación puede ser engañosa, las pruebas complementarias no siempre son concluyentes y el tiempo influye de forma decisiva en la posibilidad de conservar el ovario. En consecuencia, una sospecha clínica bien fundamentada debe traducirse en una actuación ágil.

En términos docentes, los mensajes esenciales son claros: dolor pélvico agudo unilateral con náuseas y masa anexial debe hacer sospechar torsión anexial; un Doppler normal no la excluye; y la cirugía precoz con intención conservadora ofrece la mejor oportunidad de preservar la función ovárica. Este enfoque resume la importancia de combinar juicio clínico, rapidez diagnóstica y prudencia quirúrgica.

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